Y Miguel no me defraudó. Le llamé por la tarde, demasiado tarde para cambiar cualquier plan. Busqué su número en la "M" de Mercurio y pulsé el botón de llamar.

No hizo falta más. Me conoce demasiado bien. Ninguna excusa y una hora más tarde llamó a mi puerta. Traía tres rosas rojas. Sabe que me inspiran y me levantan el ánimo. Preparó una cena ligera con lo poco que encontró en mi nevera. Cenamos en silencio.
Al terminar me levantó en brazos y me llevó a la cama. Me desnudó despacio, tranquilo. Yo no hice nada. Aún me falta la fuerza necesaria. Me tendió. Mi mirada ausente y mi desinterés aparente harían desistir a cualquiera. Pero no a él. Lo sabe, nunca me lo echa en cara.
Se tendió a mi lado, desnudo, de costado. Acarició mis labios, mi cuello, mi pecho, mi vientre. Y yo no hice nada. Casi inerte. Abandonada a las sensaciones. Caricia dulce que hacía tiempo no sentía.
Cubrió mi cuerpo con su cuerpo. Piel contra piel. Su calor me embriagaba. Yo no hice nada. Ummm. Me penetró suavemente. Me dejé hacer. Unión que transciende lo físico. Su calor, su aliento en mi cuello. Su virilidad luchando por llegar a mi más profundo ser. Su explosión. Mi sonrisa al fin. Plena, esperando la luna llena.