Conocí a Álex una noche de primavera. Con los primeros calores y las primeras copas al aire libre.
Había salido con mi amiga Rocio, aquella que todo lo puede, belleza indómita que siempre me apaga, a cuya sombra siempre me refugio para cazar, cual carroñera sin escrúpulos.

Poco antes se me había roto el último amor y las relaciones formales no entraban en mis planes. Entonces llegó él, extraordinariamente atractivo, cuerpo de modelo cultivado con acero, carita de niño.

Lanzó sus garras sobre Rocio, siempre pasa, y al poco rato ella le susurró al oido:
"A mi amiga le hace falta un buen polvo".

Gesto de buena amiga que nunca agradeceré suficiente. Hicieron falta solo dos miradas. No nos dio tiempo a llegar a ningún sitio antes de tenernos, ahí mismo, en un coche, en un aparcamiento con una pasión que creí olvidada.

No sé si es buen o mal chico, si es inteligente o necio, solo sé que es un gran amante con más miedo al compromiso que yo misma... y que tiene mi número en su agenda tras el nombre "luna llena".