Luna llena, aquí estás, y yo pletórica de energía. Necesito más. Y me lo das. Fin de semana pasional, de absoluto desenfreno, Rocío y yo salimos descaradamente a ligar.

Conocimos a un par de chicos, atractivos en su justa medida, ni poco como para no gustar, ni mucho como para enganchar. Solo sexo sin complicaciones para una noche de pasión.

Entre risas y copas pasamos el rato hasta que decidimos irnos a mi casa, un pequeño apartamento de una habitación. Una copa más y para mí la cama, para Rocío el salón.

Mi amante empezó mejor de lo que me esperaba, o fue la euforia del alcohol, pero ocurrió algo que me sorprendió, aunque nada tenía que ver con él. La próximidad de mi amiga y la delgadez de mi puerta no dejaba mucha intimidad. Y la oí gemir.

Durante un momento en el que mi amante recorría mis muslos con su lengua cerré los ojos y me deleité con los gemidos de Rocío. Nunca la había oido así. Yo, voyeur de oidas, excitada de escuchar a mi amiga disfrutar.

Prestaba más atención a lo que ocurría en mi sofá que a lo que pasaba en mi cama y supe cuando la penetró. Y quise seguir el mismo ritmo con el mío. Me senté a horcajadas sobre él y me penetré. Y la oí gritar. Y quise gritar yo más y que ella también me oyese. Y seguro que me oyó, porque ella aún gritó más. La imaginaba excitándose de oirme como yo de oirla a ella.

Nos sincronizamos estupendamente, señales enviadas en forma de gemido placentero para acelerar, para frenar, para intensificar, para relajar. Ahora más profundo, ahora más rápido. Y más rápido, más intenso. Notaba que se acercaba al orgasmo. Y yo también, no quise quedarme atrás.

De pronto gritamos las dos, gemido orgásmico inconfundible y maravilloso que nos invadió a la vez y nos colmó de placer. Y sentí una plenitud difícil de explicar. Abandonando a mi compañero y plena como la luna llena.